El Problema de Fondo

Cuando uno se sitúa junto a un camión minero, o accede al interior de una mina a 700 metros de profundidad, o puede ver el trabajo de una chancadora de cerca, dimensiona claramente que la gestión de la seguridad en las faenas mineras es una mera cuestión de supervivencia. La extensión de una faena minera, su profundidad, las distintas áreas en que se divide y la multitud de rubros y oficios que intervienen, la convierten en una pequeña olla a presión del riesgo y sus consecuencias.

 

El minero es, sin duda, uno de los sectores con menor tasa de accidente, sin embargo, en lo que respecta a mortalidad es, año tras año, el sector que encabeza las listas de los informes de la SUSESO de siniestralidad laboral. Aunque no en 2017, donde con un 5,3 logró un cuarto lugar (transporte, agricultura y pesca, y construcción quedaron por delante).

Las cifras absolutas cambian si se consulta al SERNAGEOMIN o a la SUSESO, para el mismo periodo el instituto especialista en minaría indica 14 accidentes mortales, mientras que la Superintendencia recoge 4 del trabajo y 1 en trayecto. Aunque los resultados se obtienen de distintas fuentes, parece que debería existir mejor comunicación entre ambas instituciones en un tema tan importante.

El sector minero sí encabeza el listado de días perdidos por accidente, con 42,6 en 2017 (lo que supone un aumento del 11% respecto al periodo anterior), siendo el siguiente, a gran distancia, el sector EGA con 26,5.

Cuando se examina en detalle las cifras de siniestralidad, según se desprende del análisis de accidentes mortales de 2017, no se aprecian grandes diferencias entre el tipo de faena, tamaño de empresa o mes del año. La gran mayoría de accidentes ocurre en la mina (independiente de si es subterránea o a tajo abierto), y por tipo destacan: golpeado por roca, caída en altura y transporte (existe un medio de transporte involucrado).

Este primer trimestre del año no ha sido nada positivo, se mantienen las tasas del año pasado y, según los datos del SERNAGEOMIN se produjeron 6 accidentes mortales. Si la tendencia se mantiene, podemos superar los 20 muertos este año, frente a los 14 de 2017.

Si nos comparamos con otros países mineros como Australia o Canadá, nuestras cifras de mortalidad son algo superiores, pero no alarmantemente diferentes. Frente a Sudáfrica, los datos están claramente a favor de nuestro país. Lamentablemente no podemos tener completa certeza sobre lo indicado (por eso no acompaño con cifras) ya que las metodologías de cómputo y las fuentes de información son distintas. No se trata que se estén comparando peras con manzanas, pero lo que es seguro es que se trata de manzanas de diferente tipo.

¿Por qué existe esta disonancia entre accidentes y gravedad? ¿Por qué, pese a todos los controles y protocolos, la mortalidad sigue presente con una incidencia mucho mayor que el resto de accidentes?

No soy el primero en hacerse esta pregunta, el sector minero viene preocupándose por esta paradoja desde hace muchos años y ha introducido cambios y mejoras constantes tanto a nivel técnico,en sistemas productivos, metodologías de trabajo y también de capacitación.

Sin embargo, existen ciertos aspectos que parecen estar pasando por alto y que voy a intentar resumir en los siguientes párrafos.

Es fundamental personalizar el accidente. A modo de ejemplo, muchos compendios estadísticos de accidentes en Canadá vienen acompañadas, en sus primeras páginas con una pequeña fotografía del fallecido y una breve reseña de su vida. Impactante. Es importante que no se olvide en ningún nivel de la empresa, sector, o en el país que una muerte no sólo le quita a alguien todo lo que tiene, sin también lo que podría llegar a tener. Obligarnos a ser conscientes que no se trata de un dato sino de alguien, una persona. Es fundamental valorar adecuadamente lo que está en juego al momento de tomar una decisión.

Así mismo, se deben mejorar nuestros sistemas de toma de datos. A principio de siglo, me desempeñé como jefe de prevención de una mediana empresa de venta minorista, con más de 80 supermercados a cargo, las estadísticas indicaban que por tipo de accidente, cortes era el más frecuente (más del 60%), y por ocupación carnicería (50% de los accidentes), además el tiempo promedio de recuperación en este tipo de accidentes era un 12% superior al promedio general. Pero ese dato no existía cuando me hice cargo del servicio de prevención.

Para obtener estos antecedentes se debió mejorar la forma de toma de datos, se creó un formulario muy simple en el que se consignaban los datos básicos de todo accidente. Se capacitó a los supervisores de supermercado yya con la evidencia a los encargados de carnicería en la metodología de análisis de accidente (modelo de causalidad de Bird). A partir del segundo año de implementación se buscó detectar precursores. Investigar no sólo cuando se producía el accidente sino en todo evento que ocurriera en el que no existían daños personales.

Lo que muchos expertos han detectado de forma instintiva empresas como Dekra lo han sistematizado y han creado metodologías robustas, basadas en datos duros. La famosa pirámide de Bird no lo cuenta todo. Al atacar la base de la pirámide logramos reducir los accidentes, pero llega un punto en que los accidentes más graves se perpetúan en la organización, y las campañas que se realizan no parecen tener efectos o la relación costo beneficio no parece ser rentable desde una mirada económica.

En base a todo ello se desarrolla el concepto de accidentes de alto potencial; que tienen especial relevancia en ámbitos de alto riesgo como es el sector minero.

Un accidente de alto potencial es aquel que tiene pocos o nulos daños personales debido a factores como el uso de equipos de protección personal, o condiciones ambientales especiales o sistemas activos de seguridad, entre otros, que, de no estar presentes conllevarían un daño mayor para el trabajador.

En los modelos de seguimiento de este tipo de accidentes lo primero es ver cuáles son los que realmente tienen alto potencial, ya por los equipos que se utilizan, ya por las variables físicas y ambientales, ya por el propio puesto de trabajo. A modo de ejemplo, y con el riesgo que siempre tiene la simplificación, estaremos de acuerdo que el potencial de daño de una caída desde un metro no es el mismo que el de una desde cinco; o que siendo ambos cortes, el potencial de corte con un “tip top” no es el mismo que el de un esmeril.

En una segunda fase se levantan alertas cuando ocurre alguno de estos accidentes (tengan o no consecuencias) y además se investigan sus circunstancias para encontrar los factores que llevan a los resultados no deseados. Por tanto el nivel de análisis e investigación y las capacidades necesarias (personales y materiales) deben mejorar para lograrlo.

Finalmente, podremos empezar a tomar medidas efectivas para evitar accidentes graves y mortales.

Y eso me lleva a la que, sin quererlo, es el tema central de mi artículo. La pésima investigación de accidentes por parte de los profesionales de la prevención de riesgos y la pasividad de sus jefes ante esta situación. Dejemos de ser cómodos.

Hay que mejorar nuestros informes de accidentes. Debemos ser valientes y objetivos. Basta de asumir actitudes en los trabajadores que no pueden demostrarse, y reinterpretar los hechos a nuestra conveniencia. Hay que contrastar datos objetivos con la realidad de lo ocurrido y saque conclusiones, no opiniones.

La mayor evidencia de este hecho son las medidas remediales que se indican tras una investigación donde reina la capacitación. Les invito a que revisen las investigaciones realizadas en su empresa y contabilicen en cuantas se determinó que se requería capacitación. ¿Alguien revisa si ese trabajador ya fue capacitado? ¿Nos preguntamos qué le aporta realmente a ese trabador? ¿Realmente lograremos un cambio de conducta? Considero que muchas veces es una buena excusa para no entrar al fondo del asunto ¿por qué el trabajador actuó como lo hizo? Es más, en esos mismos informes se reproduce una frase quizá más preocupante, algo así como que no existía razón para que el trabajador actuara de esa manera. Considero preocupante este tipo de conclusiones, ya ante una circunstancia así, lo que se debería hacer es revisar nuestro proceso de selección ya que está claro que estamos contratando personas con graves problemas mentales o con capacidades intelectuales y madurez insuficiente para el puesto que ocupan.

Otra conclusión frecuente es que para evitar que vuelva a ocurrir el accidente, el trabajador no debe exponerse a ese riesgo al que no se debería haber expuesto en primer lugar. Leemos como el trabajador hizo algo que no debería haber hecho, que accedió a una zona, ocupó un equipo o realizó una tarea que, conforme al análisis del accidente, no debería haber existido. Y volvemos a no entrar en el fondo del asunto. ¿Por qué se expuso en primer lugar? ¿Por qué improvisó? ¿Por qué no respetó el protocolo?

De la lectura de muchos informes de accidente, no sé si por problemas de espacio, por cobardía, o por derechamente falta de capacidad de la persona que redacta la investigación pareciera que los trabajadores derechamente no saben hacer su trabajo, lo hacen de forma errónea, toman decisiones sin sentido. Que las empresas les gusta gastar recursos en capacitaciones que está demostrado no sirven, y que contratan al primero que pasa por la calle sin ningún tipo de filtro.

A modo de ejemplo, en el análisis de accidente de un conductor de camión se determinó que el conductor no fue capaz de advertir las condiciones de riesgo de la ruta (camino con curvas y pendientes fuertes), que excedió la velocidad máxima (85 km/h por 80 km/h) y que además usó demasiado el freno y no puso la marcha correcta. Soy el único en preguntarse ¿Cómo llegó esta persona a ser operador de un camión? Por supuesto en este análisis, no se incluye los años de experiencia como conductor, cuántas veces había realizado esa ruta, su último examen de salud, si tenía o no alguna limitación visual, si había sido capacitado y en qué. Por supuesto que no se incluye, ya que sería una evidencia que pondría en riesgo las conclusiones.

Por eso se implementan medidas correctivas de las que no puedo inferir relación directa con los resultados esperados. Las certezas me permiten tomar decisiones de las que espero un efecto medible, A tiene relación con B, y siempre que ocurra A luego sucederá B, a eso se le llama ciencia. Los efectos resultantes de otra manera de actuar deberían calificarse de magia, y no creo que haya muchos magos a cargo del servicio de prevención en una mina.

Para finalizar, y haciéndome eco de un secreto a voces, se cuenta que durante el pasado año uno de los entes reguladores de la prevención de riesgos de nuestro país solicitó a un grupo de expertos un informe sobre el estado de la investigación de accidentes en Chile. Su única conclusión fue que no podían entregar un informe ya que no entendían los informes. No podían saber si estaban bien hechos o mal hechos porque la mayoría eran inconexos, mal redactados, sin secuencia lógica, entre otros defectos graves.

Jamás hay que olvidar que la minería es un ejemplo para el país. Nadie puede negar que sus estándares de seguridad son envidiados e imitados en todos los rubros. Que aún hoy, con todos los defectos que pueda tener, representa el modelo de seguridad al que aspiran todas las empresas. Por eso el cambio debe empezar aquí y ahora. No por el prestigio del sector, o un pundonor corporativo; si no porque hay vidas en juego, y son nuestra responsabilidad.

 

Ferrán Arias Gassol

Subdirector de Área Prevención de Riesgos

Escuela de Construcción, Duoc UC.

 

 

 

 

 

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